Goteo de miradas: febrero 2014

miércoles, 26 de febrero de 2014

El efecto ión o ionización por impacto.

© Sandra Franco Álvarez

Un ión negativo me dio en el ojo derecho.
No contento, rebotó en la punta de la nariz y se posó en mi beso.

Empecé a ver azul y a oler vida. Entonces di un respingo ligero de labios y…
¡Se me fue para introducirse voluptuoso en la boca del señor sentado!

Este dibujó una gran sonrisa y los rayos de luz se escaparon entre sus dientes.
Rebotaron en la cera-espejo,
                                             y los viandantes se erigieron.
Y el mundo,
                     volvió a rodar con energía renovada.
Un texto de Belén Pueyo

domingo, 16 de febrero de 2014

¡Se escapó!

© Sandra Franco Álvarez

Ayer huí.
No me da vergüenza reconocerlo.
¡En serio!
Tampoco lo digo por quedar bien (no tengo motivos para hacerlo).
Alguien dejó una puerta abierta y se despistó un instante.
                                                                                            Aproveché para escaparme.
No es que estuviese en una cárcel, pero casi.
Nunca he entendido la expresión "vive como Dios".
                                                                                    Que sabrán ellos que yo no sepa.

Un texto de Daniel Martín Castellano

domingo, 2 de febrero de 2014

Salvavidas

© Daniel Martín Castellano

Llegué a la isla con el corazón alegre tras haber dejado atrás el buen puñado de trámites administrativos que en los últimos meses habían acelerado el proceso de envejecimiento de mis neuronas. Al pisar aquella playa por primera vez, el olor a sal, a cebo y a lapas actuaron en mí como un elixir curalotodo. Quise inmortalizar el aroma. Por eso, sobre la marcha extraje de mi mochila un frasquito vacío que siempre llevo encima por eso de "quién sabe". Lo abrí y guardé en él lo intangible. Ya en el apartamento cogí la pequeña botella de cristal, la agité, la abrí y acto seguido inhalé profundamente su contenido. En nada, mi visión volvía a esa playa, custodiada únicamente por una decena de hamacas cuyos reflejos, tras la última pleamar, se convirtieron en espejos a los que me asomé. Ipso facto, había rejuvenecido diez años. El olor a sal, a cebo y a lapas resultó ser mi salvavidas.
Un texto de San Franco Álvarez